De la mano de cuatro carnavaleros ‘de sangre’ haremos un recorrido por su Carnaval vital, el de su infancia y adolescencia, con un espíritu festivo que han mantenido intacto hasta la actualidad. Han bailado y siguen bailando por calles, plazas y auditorios siempre con disfraz, prohibido no disfrazarse, ilusionados como el primer día por la novedad que traerá el Carnaval que empieza y con el ánimo de divertirse y pasarlo bien, siguiendo a pie juntillas aquella canción recurrente e intergeneracional de “Ay, no hay que llorar que la vida es un carnaval”, de Celia Cruz. Pues eso.

Es 17 de enero, San Antón. Serafín anda ocupado en poner a punto a doña Sardina para el entierro de este año. Provisto de pegamento y mascarilla, se prepara para un trabajo delicado con la ilusión de lo que está por llegar, un año más, a sus 78 años. ¡Y que dure!, exclama. Posee un título que muy pocos han ostentado en el carnaval de su pueblo: Rey, que mantendrá hasta que el cuerpo aguante y la salud se lo permita, que sea por muchos años. Para abrir boca, comparte con Ayer&hoy una de sus miles anécdotas carnavaleras: “me disfracé como una mujer, un clásico de la máscara callejera, y un hombre se enceló conmigo; yo le daba coba, simulaba, en las maneras de andar y en la voz, ser una mujer; llegamos al baile del centro obrero y me echó mano al culo; entonces, ya con mi voz normal le dije: perdona, pero te has equivocado; vaya chasco se llevó”. (sonrisas).


Santa se afana en colocar los últimos adornos en los trajes de sus hijas y nietos mientras prepara su propio vestuario para Carnaval, “este para el pregón, este otro para el desfile, aquel para el día de las peñas…”. En cierta ocasión, recuerda, no tenía ningún disfraz preparado, pero en el baúl encontró una vieja cortina agujereada, “rápidamente le eché un pespunte, le metí una goma y me hice una falda. Salí a la calle, me pesaba como el plomo, pero no me importaba, además de la cortina, me equipé con un trapo para tapar mi cara, un pañuelo y un sombrero para cubrir mi cabeza. Todo lo preciso para ir de máscara callejera. No olvidaré ese día, me lo pasé genial, como nunca”.


Ángel vive el Carnaval como si fuera el último, para él es imprescindible fijar unas fechas donde se dé rienda suelta a la diversión, al humor y a reírse del destino todos juntos. En su opinión, si no existiera esta fiesta habría que inventarla, “la vida cotidiana en las sociedades humanas se ha desarrollado siempre bajo el temor de la presencia inoportuna de imprevistos nada deseados (cuestiones laborales, enfermedades, acontecimientos trágicos…), por lo que veo imprescindible concretar unas fechas para poder disfrutar”.

Concurso de Carnaval infantil en Boadilla.


Tanto Serafín como Santa y Ángel llevan el Carnaval en la sangre. Son ejemplo de la multitud de personas que no conciben su vida sin esta festividad. Una fiesta que parte de cero cada año, un lienzo en blanco, y personas como ellas van dibujando, diseñando y coloreando para que la obra de arte en la sala de exposiciones sea admirada por todos, con la diferencia de que es un arte vivo, callejero, alegre, y muy muy divertido para los que lo protagonizan y también para los espectadores. Detrás del telón está la confección, los ensayos, la preparación de las músicas, los quebraderos de cabeza, el montaje, las horas robadas al sueño… todo se olvida cuando comienza el pregón y se deja la careta cotidiana, la triste y apática, olvidada en un rincón del hogar sustituyéndola por la otra careta del teatro, la sonriente.


Son unos privilegiados porque disfrutan del carnaval al máximo, “la fiebre de carnaval te va entrando en vena, a mí me viene de familia, a mi madre le encantaba esta fiesta”, comenta Serafín. “Cualquiera puede salir a la calle con lo primero que pille, pero además hay que bromear con la gente, de nada sirve plantarse de pie en la calle y no decir ni mu, la gracia está en decir tonterías, ‘recordar’ cosas con fulano o mengano, aunque no sean ciertas”, apostilla Santa.

Antifaces en el Carnaval de Pozuelo de Alarcón


Mientras tanto, Ángel apunta a sus vivencias de niño y al arraigo del Carnaval en su localidad como motivos para que sean las fechas más esperadas del calendario para él, “para los que vivimos el Carnaval dentro de un grupo, la fiesta, además de la diversión y la juerga, se convierte en momentos entre amigos, en ratos donde dejar volar la imaginación creando disfraces y parodias, y en expectación enorme por compartir luego nuestro trabajo (“bendito trabajo”) con todos los amantes del Carnaval que nos tienen como referentes para mantener el espíritu festivo año tras año”.


Contra lluvia, viento y marea, estos carnavaleros de pro saldrán a la calle disfrazados, como siempre, cada día diferente y cada hora con más ánimos que la anterior, dispuestos a hablar con todo el mundo, a bailar, a disfrutar, a reírse y hacer reír, “aunque llueva, saldremos a la calle, aquí no se suspende nada”, remata Serafín. Un espíritu festivo inquebrantable, común a todos nuestros protagonistas, y que permite, año tras año, que esta fiesta popular continúe.

Carnavales 2023 en Boadilla del Monte

Los primeros recuerdos.- El primer recuerdo de Santa es a los 12 años (corrían los años 50-60), salía con una vecina a la plaza, vestida con unas viejas faldillas de una mesa camilla, un trapo tapándole la cara, un pañuelo y un sombrero; unos calcetines en las manos y un cojín en el trasero o en el pecho.


Al anochecer, la autoridad no permitía ir con el rostro tapado, de ahí que o bien se descubrían o se marchaban de la plaza. El destino era el baile del centro obrero, que se ponía hasta la bola, lo que le permitía hacer bromas a la gente.


Para Ángel, su primer recuerdo es de muy niño, cogido de la mano de su madre, ambos vestidos de máscaras, un domingo soleado de Carnaval, “bajamos a la plaza y pasamos allí la mañana. Me recuerdo medio asombrado (o asustado) al observar cómo mi madre increpaba a unos y a otros con el tradicional “¡A que no me conoces!”. De vuelta a casa, mi madre me llevaba en volandas, cogido por el brazo por la calle de la Zanja, era tarde y tenía que volver a los quehaceres cotidianos”.


Por su parte, Serafín se centra en el baúl de los recuerdos, como decía Karina, artista y cantante española de los 70, que cada uno hereda de sus familiares, “una colcha, unas sábanas, una manta, cualquier cosa es válida para hacer un traje de máscara”. A sus 35 años fundó una peña, que viene dando guerra desde 1981.


A Manoli, presidenta de una peña durante 32 años, no le viene heredado lo del Carnaval, pero el cambio de residencia de sus padres, fue el detonante de una pasión por esta fiesta que disfruta todos los años, sin perder ni uno, y que ha transmitido a sus hijas. Su primer recuerdo carnavalero es a sus 18 o 19 años, era novia aún de su actual marido. Acompañada de su suegra, se marcharon con una maleta cargada de ropa para disfrazarse de máscara callejera en un municipio vecino.

Armarios y baúles repletos.- Tantos carnavales, tantos años dando de sí a estas fiestas, han hecho que el armario físico y emocional de nuestros protagonistas esté repleto de disfraces y de historias. Ninguno de ellos sabe a ciencia cierta cuántos trajes han podido ponerse en sus vidas, ¿más de 100, más de 200? pero ¿de cuáles?, preguntan, ¿de los bonitos de lucirte o de máscaras hechas con cualquier guiñapo? De todos, digo. Uff, no sabría decirte, responden al unísono.

Imagen de la fiesta infantil de Carnaval en Boadilla del Monte el año pasado.


Ángel, miembro de una chirigota, confiesa que la gran mayoría de sus disfraces están guardados merced al trabajo impagable de su madre, “si por algunos de nosotros fuera, no los conservaríamos. Hay días que me puedo cambiar de indumentaria varias veces, para las cañas, para el desfile, alguna actuación, la noche… En estas fechas, mi coche es un armario ambulante”.


Santa asegura que conserva al menos más de cien disfraces, “los tengo como oro en paño, el año pasado estrené uno y este otro si dios quiere, me lo pondré para el pregón y la presentación de las máscaras mayores, no me he perdido ningún año y no pienso perdérmelo”. De su baúl, como es preceptivo, también va sacando material; guarda tocas de su abuela y tía “que abrigan una barbaridad”. Aclara que además están los trajes de sus 4 hijas y nietos, “ellos desfilan en una peña y yo les coso los adornos de los vestidos, lo hago con mucho gusto; en ocasiones he tenido que adornar 10 trajes con cuentas de collares o lentejuelas una por una, dando puntada por puntada; me levantaba a las seis de la mañana y me acostaba a las dos de la madrugada, ahora ya no tanto”.


De puntadas sabe mucho Manoli y el grupo de costureras de su peña. Son 32 años saliendo en el desfile de su ciudad “y no hemos repetido ningún año”. Desconoce cuántos disfraces acumula en casa, “no sé, muchos, teniendo en cuenta que me hago 4 o 5 diferentes por año; los voy a poner en una exposición”, sonríe. De fregona, de cigarro, de cajas de regalo, de circo, de espantapájaros…, son sólo algunos de los disfraces. Este mes de febrero “saldremos de inframundo, con unas telas chulísimas y unos trajes muy originales, así como nuestra carroza, hecha también a mano por las mujeres de la peña”.

Preparativos, trabajo y tiempo bien utilizados.- A estos expertos en la cosa del disfraz les hemos preguntado también si dedican mucho tiempo a los preparativos. En todos los casos advierten de que el tiempo utilizado en los preparativos está bien empleado, “me gusta lo que hago, cosiendo trajes, haciendo la carroza, y no te digo nada cuando me visto y salgo a la calle, lo disfruto muchísimo”, observa Manoli.


Ángel lo explica de este modo: “todo depende de cómo lo vive cada uno. Hay mucha máscara tradicional que sabe encontrar su divertimento con trajes antiguos, ropajes de otros tiempos, reciclando vestimentas… y el tiempo no suele ser muy amplio. Sin embargo, los grupos sí precisan más dedicación, las puestas en escena para los diferentes desfiles, dar forma a la parte musical que suele formar parte de sus coreografías… Y si, además, como es mi caso, perteneces a una chirigota, los ensayos de las nuevas canciones llevan mucho tiempo”.

Carnavales en los años 50 en Pozuelo.


Manoli y su peña, compuesta por 35 miembros, la mayoría mujeres, empiezan en el mes de octubre a concretar la temática, la elección de telas, la composición de la carroza… “tengo 74 años y seguiré disfrutando del Carnaval hasta que el cuerpo aguante”. Su grupo acudirá a los desfiles de siete localidades cercanas, pero antes han pasado meses para que todo quede preparado. En el momento de escribir este reportaje, Manoli y varias mujeres de la peña se reúnen en una casa desde las 4 de la tarde hasta las 10 de la noche y así desde hace semanas.


Santa tampoco para quieta en los días de Carnaval y meses previos. Como máscara mayor de 2006 y presidenta de la Asociación de Viudas de Miguelturra está muy solicitada. Incluso no duda de disfrazarse fuera de las fechas señaladas cuando hay que promocionar la fiesta por antonomasia de Miguelturra: “el pasado mes de julio, actuó el grupo de coros y danzas Nazarín y vino gente de fuera, a mí y a unas cuantas mujeres nos pidieron que nos disfrazáramos, abrí el baúl, saqué cuatro cosas y salí con otras dos amigas; hacía un calor insoportable vestida de máscara callejera y con un plumero en la mano, pero todo lo que sea por el carnaval, allí estaré”. Tampoco dudó en ir disfrazada a un evento en la Oficina de Castilla-La Mancha en Gran Vía (Madrid).
Sobre el coste del carnaval, Ángel lo tiene claro: “todo es relativo. Hay quien tiene mucha imaginación y con poco dinero es capaz de crear un motivo carnavalero estupendo. Y otros que conciben el Carnaval como el momento de vestir cuidados disfraces para representar una fantasía muy concreta. Se asemeja a las vacaciones, algunos con poco dinero pueden buscarse fechas de asueto inolvidables y otros deciden “darse el homenaje” y estirarse en gastos en estas fechas señaladas”.


Sobre si el Carnaval es la fiesta más popular o no, Ángel considera que las fiestas carnestolendas son una más del calendario, “depende de gustos, a quienes les gustan otras fiestas populares como la Semana Santa, la Navidad, las Ferias… defenderán la popularidad y tradición de las mismas y para ellos será la verdadera ‘fiesta del pueblo’. En mi caso particular, creo que por extensión lo puedo decir de mi pueblo y de muchos de nuestra comarca, el Carnaval, por su idiosincrasia, pero sin el deseo de acaparar el espíritu festivo, sí es una de las más populares”.


Preguntados, por último, sobre la pérdida de la esencia del Carnaval en la actualidad, tanto Serafín, Santa como Manoli no creen que eso suceda así, “los jóvenes siguen disfrazándose y divirtiéndose como nosotros lo hacíamos antes, pero es otra época; los que no se visten, sólo falta que se animen un año y seguro que continuarán haciéndolo siempre”, apunta Manoli. Por su parte, Ángel, como amante de la historia, lo ve así: “hablar de la esencia del carnaval es regirnos sólo por el recuerdo de pocas décadas pasadas. Los que presumimos de que el de nuestro pueblo tiene su origen hace siglos, podemos asegurar que en nada se asemejan los actos festivos del presente con los de aquel pasado más remoto (fiestas de ánimas, importancia de los gremios, penurias económicas…). Cuando el Carnaval se celebraba en el contexto de algún drama bélico (Guerra de la Independencia, Guerras Carlistas, Guerra Civil, etc.), los condicionantes eran muy diferentes: falta de libertad, horrores sociales… y, aun así, la gente siguió manteniendo la fiesta (trágalas, coplillas…). Ahora la situación es muy diferente y, por tanto, el desarrollo de la fiesta también. Entonces, ¿a cuál momento histórico hay que acotar la esencia?”, se pregunta.


Y es que, como todo, el Carnaval evoluciona de la mano de las gentes que lo viven en determinadas épocas. Ahora es el momento de Ángel, Manoli, Santa y Serafín, que preparan el camino para los que vendrán, haciendo ruido y animando las carnestolendas de sus vidas. Carnaval, un arte vivo con mucho futuro.

¿Quién es Momo?

Momo tiene su origen en una deidad de la mitología griega. Hijo de la Noche y la Oscuridad (Nix y Erebus) y hermano de la Miseria y la Venganza (Oizys y Némesis), sus principales cualidades son la ironía, la crítica sin filtro, el sarcasmo y la burla mordaz. También era considerado el dios de los poetas y narradores, pero también de la locura y el éxtasis.


El nombre «Momo» en griego se pronuncia «Mómos» que significa «burla» o «risa», muy apropiado para este dios ya que era el encargado de hacer reír a los dioses del Olimpo con sus ingeniosas observaciones y comentarios mordaces. Pero la mayoría de las leyendas describen a Momo como un dios travieso que disfrutaba haciendo bromas y burlándose de otros dioses, llegando a ser, a veces, cruel e hiriente.
Finamente, los dioses del Olimpo le rechazaron por sus críticas constantes a otras divinidades, pero especialmente las que realizó hacia Hefesto y Afrodita, que le valió la expulsión del Olimpo. Cuenta Hesíodo que Momo se burló cruelmente de Hefestos (Vulcano) por haber creado al hombre sin una ventana por donde mirar en su interior y conocer sus verdaderas intenciones. Y por otro lado, Afrodita maldijo a Momo para que siempre estuviera solo y sin amor ya que este dios burlón eligió a Atenea como la diosa más bella, elección que no fue bien recibida por Afrodita.
Al ser rechazado por los dioses, los mortales recibieron a Momo con los brazos abiertos, convirtiéndole en el Rey del Carnaval. Se le representa con una máscara que levantaba para que se le viera la cara y con un muñeco o un cetro acabado en una cabeza grotesca en la mano, símbolo de la locura.


Texto: Oliva Carretero Ruiz. Fotos: Ayer&hoy