En el número 20 de la carretera de Húmera, en Pozuelo de Alarcón, hay un local que guarda más que telas, grapas y herramientas: conserva una historia familiar tejida con paciencia, oficio y dedicación. Tapicerías Ibiza no es sólo un negocio, es el reflejo de una manera de entender el trabajo que ha pasado de padres a hijos durante más de cuatro décadas.


Todo comenzó en 1982. Miguel Ángel Badorrey, junto a un socio, decidió dar el paso y abrir su propio taller tras haber aprendido el oficio en una empresa local, Blasco B&B. Allí, como tantos otros tapiceros de la época, adquirió las habilidades que luego le permitirían emprender. “Era habitual que, una vez dominado el oficio, cada uno montara su propio negocio”, recuerda su hijo Alberto. Así nació Tapicerías Ibiza, en un local que entonces era la mitad de lo que es hoy.


El nombre, curioso y sencillo, no esconde una gran historia detrás si no que procede del propio edificio donde se ubicaba el negocio. “Mi padre no se complicó mucho”, comenta Alberto con una sonrisa. Pero si el nombre fue simple, el proyecto no lo fue. Poco a poco, con esfuerzo y constancia, el local fue creciendo. Diez años después de su apertura, y ya en solitario, Miguel Ángel adquirió el espacio contiguo, que anteriormente había sido un estanco, ampliando así el taller.

Izq.: Miguel Ángel Badorrey, junto a su esposa Mercedes. Centro: Fundadores de Tapicerías Ibiza. Dcha.: Francisco, su hijo y Alberto.

Desde el principio, el negocio tuvo un marcado carácter familiar. Mientras el padre se encargaba de tapizar, la madre cosía y ambos atendían también a los clientes. Esa división del trabajo no sólo permitió que el negocio saliera adelante, sino que sentó las bases de una forma de trabajar basada en la colaboración y el compromiso. “Al final, los dos fueron los fundadores”, afirma Alberto, reconociendo el papel fundamental de su madre.


Para él, Tapicerías Ibiza no es sólo un lugar de trabajo, es prácticamente su hogar. Nacido el mismo año en que se fundó el negocio, creció entre telas, herramientas y el ir y venir de clientes. “Lo he mamado desde pequeño”, dice. Sus primeros recuerdos están ligados al taller, ayudando en tareas sencillas o simplemente pasando el rato. Incluso hay espacio para la nostalgia, “con mi hermano hacíamos guerras con las pistolas de grapas”, recuerda entre risas. Sin embargo, lo que comenzó como un juego terminó convirtiéndose en una vocación. Desde los 17 años trabaja de forma activa en el negocio junto a su hermano Francisco.


Hoy, Alberto domina tanto la tapicería como la costura, continuando esa tradición de saber hacer integral que heredó de sus padres. “Es una profesión que me encanta”, afirma. Y en sus palabras se percibe algo más que satisfacción laboral: hay orgullo por el trabajo bien hecho, por transformar un mueble viejo en algo nuevo, por devolver la vida a objetos que otros considerarían perdidos.


En 2015 se produjo un relevo importante. Miguel Ángel dejó el negocio en manos de la siguiente generación, y el nombre pasó a simplificarse, aunque la esencia permaneció intacta. Actualmente, la empresa está formada por cuatro socios: los padres y los dos hermanos, Alberto y Francisco. Este último, que inicialmente se orientó hacia la hostelería, terminó incorporándose al negocio familiar, donde se encarga principalmente de presupuestos y atención al cliente.

Izq.: Dos de las piezas tapizadas en el local. Dcha.: Algunas de las telas de tapizar de Tapicerías Ibiza.


A lo largo de los años, Tapicerías Ibiza ha evolucionado para adaptarse a los cambios del mercado. Si en sus inicios el trabajo se centraba en la restauración de muebles antiguos, hoy la realidad es distinta. “Antes se retapizaba mucho más”, explica Alberto. Ahora, gran parte de la clientela sigue siendo gente mayor que conserva muebles de calidad, pero las nuevas generaciones optan menos por reutilizar. Aun así, el negocio se mantiene activo, especialmente en temporadas como la primavera y el verano, cuando aumenta la demanda de muebles de exterior: sofás de jardín, cojines y textiles resistentes.


La evolución también se nota en los materiales. Antiguamente, los sofás estaban hechos con técnicas y elementos hoy casi desaparecidos: crin vegetal, pelo de caballo, estructuras de muelles. Hoy predominan materiales más industriales, como la espuma, y un enfoque más práctico y económico. Incluso el gasto en telas ha cambiado: “antes la gente invertía más en la tela que en el trabajo”, señala Alberto, algo que ya no es tan habitual.


Pero si hay un reto claro en el sector es la falta de relevo generacional. “No hay formación enfocada a esta profesión”, lamenta. La tapicería, como tantos oficios tradicionales, se enfrenta a la dificultad de encontrar nuevos profesionales que quieran aprender y continuar con esta labor artesanal.


A pesar de ello, Tapicerías Ibiza sigue adelante, combinando tradición e innovación. Además del trabajo en el local de Pozuelo, donde atienden a particulares, la empresa ha ampliado su actividad hacia proyectos más grandes. Desde hace unos 25 años trabajan con cadenas hoteleras, lo que les llevó a establecer una nave en Humanes en 2018, donde cuentan con un equipo de catorce personas. Allí se encargan de proyectos de mayor envergadura, especialmente en obra nueva.


Sin embargo, el corazón del negocio sigue latiendo en el taller original. Es allí donde se mantiene el trato cercano con el cliente, uno de los valores fundamentales que Alberto aprendió de sus padres. “Tratar bien a la gente, hacer bien las cosas y el sacrificio del trabajo”, resume como pilares de su educación.


Ese trato cercano ha dado lugar a algo poco frecuente hoy en día: clientes de varias generaciones. Personas que acudieron al taller en tiempos de su padre y que ahora envían a sus hijos. “Vete al tapicero de la Estación”, les dicen. Es una confianza construida a lo largo de los años, basada en la calidad y la honestidad.


Cuando se le pregunta por el futuro, Alberto reconoce que aún queda mucho camino por recorrer antes de pensar en la jubilación. No sabe si sus hijos continuarán con el negocio, pero sí tiene claro lo que significa para su familia: un legado. “A mis padres les gusta que siga abierto”, dice, especialmente a su madre, que vio nacer el proyecto desde el principio.


Tapicerías Ibiza es, en definitiva, la historia de una familia que encontró en su oficio una forma de vida. Un relato de esfuerzo, aprendizaje y continuidad, donde cada puntada y cada grapa cuentan una historia que va mucho más allá del propio mueble.
Texto: Kathy Montero


Fotos: Ayer&hoy/cedidas por la empresa