La historia de Rivero no empieza con un gran plan de negocio ni con estudios de marketing. Empieza con una madre valiente, una hija trabajadora y un pequeño local que, con el paso de los años, se convirtió en mucho más que una tienda: en un punto de encuentro, en un lugar de confianza y en parte de la memoria del barrio.


“Yo tenía 17 años cuando mi madre abrió la tienda, y de eso hace ya 52 años”. Así resume el inicio de todo, Mª Eugenia Rivero. Su madre, Nicolasa Guijar, hoy con 94 años, fue el alma fundadora. El nombre de Rivero viene del padre, zapatero de oficio. La tienda, ubicada en la calle Ángel Barajas s/n en Pozuelo Estación, la compraron entre los dos, aunque el día a día siempre estuvo en manos de madre e hija.

Distintas fotografías antiguas en las que se ve al matrimonio Rivero-Guijar en su juventud así como a Nico con su hija Mª Eugenia y su hermano pequeño que heredó el oficio de su padre como zapatero en Pozuelo Estación.


En aquellos primeros años, Rivero era una droguería y perfumería, como tantas que había entonces, pero con algo especial: el trato. Además de los productos básicos, se vendían regalos, figuritas de porcelana y pequeños belenes que acabarían convirtiéndose en una seña de identidad. Mientras tanto, la hija compaginaba la tienda con su trabajo en una fábrica de artes gráficas ubicada en Pozuelo, donde pasó 17 años como mecánica, fabricando estuches para grandes marcas como L’Oréal o Carolina Herrera. Cuando hacía falta, suplía a su madre, viajaba a Madrid para hacer pedidos y aprendía, casi sin darse cuenta, el oficio del comercio.

La vida dio su giro natural: matrimonio, hijo, y la decisión de dejar la fábrica para centrarse en la familia… y en la tienda. En el año 2000, cuando su madre se jubiló, la compró el negocio y se quedó al frente. “Me quedé con la tienda y conmigo muere”, dice con una mezcla de realismo y cariño. No hay relevo generacional asegurado, pero sí una vocación clara: seguir mientras el cuerpo aguante. Y aguanta porque a sus 69 años, lejos de pensar en la jubilación, Mª Eugenia sigue al pie del cañón. Incluso se puso una prótesis de rodilla para poder seguir trabajando. “Yo ya tendría que estar jubilada, pero no me jubilo. A mí me gusta la tienda. En casa me moriría sin hacer nada”. Esa frase lo resume todo.

Un belén en miniatura dentro de un zapato representa los dos oficios de esta familia. En la imagen de la derecha, pulseras de plata que Mª Eugenia incorporó al negocio a partir del 2000.


Con su llegada al frente del negocio, Rivero evolucionó. A la droguería y perfumería se sumaron la plata y las piedras semipreciosas. La joyería no fue una moda pasajera, sino una pasión. Hoy, gran parte de lo que se vende son collares de piedra diseñados y montados a mano por ella misma. Compra las piedras, las diseña, arregla collares antiguos, renueva pulseras y devuelve la vida a joyas que parecían olvidadas. Es autodidacta, inquieta y creativa. “Si hubiera podido estudiar, habría estudiado joyería”, confiesa Mª Eugenia.


La tienda también mantiene una cuidada selección de belenes artesanos, muchos de ellos de tradición andaluza y murciana. Durante años siguió el trabajo de maestros artesanos, preocupándose por conservar modelos auténticos y evitando copias. Sabe distinguir lo original de lo falso, lo artesanal de lo industrial, y no duda en explicar a los clientes por qué una pieza vale lo que vale. En un mundo de prisas y consumo rápido, Rivero defiende el valor del oficio.

Pequeñas figuras de belenes expuestas en el escaparate.

El local sigue siendo el mismo de siempre. No ha cambiado de sitio ni se ha ampliado. El papel de las paredes es el original, aunque ella confiesa estar cansada de verlo. Se han cambiado luces, cierres y rótulos, lo justo para mantenerlo funcional sin perder su esencia. “Vaciar todo esto para reformar sería una locura”, dice entre risas. Y quizá ahí esté parte de su encanto: Rivero es una tienda de verdad, de las que ya casi no quedan.

Figuras de belén

Pero si hay algo que explica por qué Rivero sigue abierta tras más de medio siglo no son sólo los productos. Es la forma de hacer las cosas. La honestidad, aprendida de su madre, es el pilar fundamental. “Siempre hay que pagar antes, ser cumplidora, responsable”. Nunca ha tenido problemas con proveedores. No engaña, no vende algo en lo que no cree, no infla precios y eso, su clientela lo nota.


Por la tienda han pasado generaciones enteras: las primeras clientas de su madre, luego sus hijas, ahora incluso los nietos. Clientes que entraban de niños a comprar un belén y hoy vuelven con sus propios hijos. Personas que confían en ella para arreglar una joya antigua o para elegir un regalo especial.

Fachada e interior de la tienda ubicada en el barrio de Pozuelo Estación.


Rivero no es una gran tienda. No pretende serlo. Es un pequeño comercio con alma, sostenido por décadas de trabajo, carácter y cariño. “El alma de la tienda soy yo”, dice sin falsa modestia. Y probablemente tenga razón. Porque mientras ella siga ahí, entre collares, plata y belenes, Rivero seguirá siendo lo que siempre ha sido: un lugar honesto, cercano y lleno de vida.

Nico, fundadora de la tienda, en la actualidad.


Texto: Kathy Montero
Fotos: Ayer&hoy, cedidas por Rivero