Cristóbal Agüera / Responsable de Prensa de Fenix Basket Club

En el baloncesto, como en la vida, no todo se reduce a meter canastas o a defender bien. Hay una parte invisible del juego que no se entrena con ejercicios de bote ni se mide con estadísticas, pero que marca la diferencia en un equipo. Se llama inteligencia emocional, y es la gran aliada del compañerismo.

Saber gestionar lo que uno siente, reconocer cómo se siente el otro, controlar la frustración cuando las cosas no salen, o alegrarse sinceramente por los logros de los compañeros… todo eso también es entrenar. Y en Fénix Basket Club, lo sabemos bien: formar jugadores no es solo enseñar técnica, es también educar en emociones.

La inteligencia emocional comienza por uno mismo. Un niño que aprende a identificar lo que le pasa cuando pierde un balón o falla un tiro, empieza a conocerse mejor. Si además entiende que no pasa nada por equivocarse, y que no necesita gritar o enfadarse para canalizar su frustración, ya está dando pasos de gigante. Porque el deporte, especialmente el de equipo, no es solo físico, es emocional.

Pero la verdadera magia aparece cuando esa gestión individual se pone al servicio del grupo. Cuando un jugador se da cuenta de que su mal gesto puede afectar a todo el equipo. Que una mirada despectiva, una queja constante o una falta de empatía puede romper el ambiente, desmotivar al que tiene menos confianza o generar tensión en el vestuario. Ahí es donde entra en juego el compañerismo con mayúsculas.

Ser compañero no es solo pasar el balón o aplaudir desde el banquillo. Es también saber escuchar, tener paciencia con quien va más lento, apoyar al que se equivoca, y entender que todos tienen su ritmo y su momento. Y para eso hace falta inteligencia emocional: para mirar más allá del ego y pensar en el “nosotros” antes que en el “yo”.

En los entrenamientos de Fénix, estas situaciones se viven cada semana. Niños que consuelan a un compañero tras una derrota, jugadoras que animan a otra, aunque les haya quitado el puesto titular, equipos que celebran la canasta de quien llevaba meses sin anotar. No hay mejor señal de madurez deportiva —y personal— que esa.

Y sí, a veces no sale. Hay enfados, hay errores, hay días malos. Pero esos también son momentos valiosos. Porque enseñan que sentir no es un problema: el problema es no saber qué hacer con lo que sentimos. Por eso el deporte es una herramienta educativa tan poderosa: ofrece la oportunidad constante de entrenar no solo músculos, sino emociones.

La inteligencia emocional no da títulos, pero construye personas. Y en un club como Fénix, donde cada jugador y jugadora importa por lo que es -no solo por lo que hace en la pista-, formar desde las emociones es parte del juego.

Porque un buen jugador puede ganar partidos.

Pero un buen compañero hace que todos quieran seguir jugando.