César Vacchiano / Ingeniero y analista

La convocatoria de elecciones generales concreta el fin de una legislatura que podría calificarse, sin error, como el invierno de nuestra democracia. El cúmulo de actos de arbitrariedad, declaraciones huecas, promoción del antagonismo social y sensación de desgobierno, han marcado unos años en los que las tragedias importadas podrían haber evidenciado los valores de una solidaridad latente en millones de ciudadanos. Pero ese no es el asunto que guía habitualmente mi contribución a la revista, sino una visión divulgadora de temas energéticos. Por eso repasaré los hechos de la gestión de lo concerniente a la energía, un área de gobierno conducida con soberbia, cuyos efectos dejarán una huella difícil de reparar.

Se ha diseñado una transición energética sin contemplar las necesidades de nuestro tejido industrial, el efecto sobre la competitividad de nuestras empresas y con dogmatismo ideológico sobre las fuentes de generación de electricidad. En diversos aspectos se han endurecido metas de la propia Unión Europea entre las que resalta la eliminación programada de la electricidad nuclear y la fabricación de vehículos con motores de combustión interna. Si no se revierten ambas decisiones pasando a ocupar el lado de los que defienden ambos sectores en el paisaje europeo, la industria española situará su contribución al PIB por debajo del 15% con pérdida de miles de puestos de trabajo cualificado y pocas oportunidades de maridar industria y digitalización.

En la electricidad está el principio de todo. Confiar la generación eléctrica a fuentes renovables es una necesidad, pero la moderación en la dependencia exterior exige racionalizar la gestión de nuestras redes, promoviendo el equilibrio necesario en las fuentes de generación. Sólo las centrales térmicas garantizan capacidad en las redes para absorber la generación discontinua de las renovables eólica y fotovoltaica; ello supone asumir la necesidad de una generación permanente, “de base”, con cuya garantía de estabilidad sea posible confiar en otras aportaciones. Si se elimina la energía nuclear habrá que recurrir al carbón -ya proscrito en pos de evitar el calentamiento atmosférico y recurso de urgencia en Alemania al cerrar sus centrales nucleares– y al gas natural, en el que se concentra una dependencia exterior, mal gestionada por incapacidad diplomática, y efectos coyunturales de coste por conflictos en áreas de suministro. Ha sido, probablemente, la peor decisión adoptada y la que más daño venidero va a causar, tanto a nuestra economía como a la oportunidad de incorporarnos a la corriente de estandarización de los nuevos reactores nucleares ante la que nuestro nivel industrial está plenamente capacitado.

Por otra parte, eliminar a fecha fija la producción de vehículos de combustión con carburantes tradicionales supone un mal a plazo fijo, que repercute en una de las actividades más competitivas del país, junto con un factor adicional de dependencia exterior. Con claridad pedagógica lo han manifestado los directivos de Repsol, cuyo foco en la sostenibilidad contempla transiciones moderadas y confianza en la ciencia; desgraciadamente, nuestra política aborda el abatimiento de un parque de más de 22 millones de vehículos que habrán de sustituirse por otros supuestamente no contaminantes en los que la gestión de las baterías usadas –cuya fabricación va a exigirnos depender de componentes extranjeros y cuyas materias primas serán objeto de conflicto con los ecologistas de la minería- será más problemática que la de los neumáticos. Dos decisiones de calado, cuyo impacto nos hará más dependientes, por abuso de ignorancia.

Otras decisiones de coyuntura, cuyos efectos hemos sufrido de inmediato, han estado vinculadas a la inacción y a la torpeza. La guerra de Ucrania, en febrero de 2022, aceleró el incremento de los precios del gas natural y del crudo y la falta de sentido económico de nuestros dirigentes no vio el impacto en la cadena de valor de casi todos los bienes por el precio de los carburantes. Tardaron en actuar sobre las franjas fiscales del precio y lo hicieron con abusiva complejidad burocrática, desatando costes insoportables en la electricidad y el transporte, verdadera causa de la inflación. La desastrosa complacencia con Marruecos supuso una beligerancia de Argelia que ha destruido el comercio bilateral y contingentado el suministro de gas natural canalizado; nadie ha explicado, un año después, el estado de situación. Sólo sabemos que compramos el triple de gas a Rusia cuando en Europa se ha recomendado eliminarles como proveedores, que suministramos electricidad a Francia y a Marruecos con precios artificiales porque decidimos, contra Europa, poner topes transitorios al precio del gas, que pagaremos los españoles más tarde en calidad de déficit acumulado – otro más – de un gobierno para olvidar.

(Para más información, Bajalica Green Planet SL. Defensa del Medio Ambiente Tel.: 91 856 01 77, bajalica@bajalica.es, www.bajalica.es)