No hay nada como disfrutar de tu trabajo y eso lo sabe muy bien María Isabel Martos Álvarez de la floristería Los Claveles de Pozuelo de Alarcón. Mari, como todo el mundo la conoce, lleva ya en el negocio nada más y nada menos que 47 años.
Abrió la floristería en la calle de las Flores, número 2, junto a su hermana mayor, al poco tiempo su hermana y el marido decidieron llevarla ellos por lo que Mari, empresaria por naturaleza, abrió en la misma calle, pero en el número 8, una pequeña tienda de regalos y perfumería para no hacer competencia a su hermana y cuñado. Pero finalmente, su hermana se trasladó a Madrid, por lo que volvió al negocio de las flores que es su pasión y para el cual tiene un don y un gusto excepcional.
En 1990 deja el local de la calle de las Flores, en el que estaba de alquiler y se traslada a su ubicación actual, en la calle Ramón Jiménez número 3, adquiriendo el local, “compramos esta tienda porque aquella de la calle de las Flores era muy chiquitita y además pagaba cien mil pesetas de alquiler, que era una barbaridad, pero he de decir que siempre he vendido muy bien. Al coger este nuevo local pensé que iba a perder toda la clientela porque llevábamos allí más de veinte años, pero no fue así, la gente siguió viniendo”, afirma Mari.
Cuando le pregunto cuál es el secreto de llevar tantos años en el mismo negocio y seguir vendiendo tan bien, Mari nos cuenta que “es todo gracias a la gente tan buena que hay en el pueblo. Me siento muy querida por la gente y yo los quiero mucho a ellos. De hecho, el año pasado en Navidad, mi marido Miguel me dijo “chata, no compres comida” y te digo por qué, porque hay una clienta que me trajo un bollo, otra una pierna de cordero asada, otra bombones, regalos para mis nietos y me decían “tú estás trabajando y no te da tiempo de hacer la cena”. A mí me emociona que la gente se porte así de bien conmigo, quiero mucho a mis clientes”, dice emocionada Mari.

Más que clientes, muchos son amigos que llevan viniendo a comprar flores y plantas a la floristería Los Claveles muchos años, “hay gente mayor que venía pero que desgraciadamente ahora ya no están con nosotros, pero siguen viniendo sus hijos. Ya tengo 65 años y muchos me preguntan si me voy a jubilar, pero mientras Dios me dé salud, seguiré con la tienda, aunque cumpla 70, si estoy como ahora, continuaré porque a mí, mi tienda y mi gente, me dan la vida”.
Mari trabaja de lunes a domingos sola en la tienda y es feliz. Hay que decir que, en fechas señaladas como el Día de Todos los Santos, el Día de los Enamorados, el Día de la Madre o en estas fechas navideñas, cuenta con la inestimable ayuda de familiares y amigos. Su madre, Ángeles, bajaba mucho a la tienda con ella y su padre también “él se sentaba en esa sillita de madera que tengo ahí y recuerdo que decía “me vengo con mi Mari a la tienda no vaya a ser que me la roben” y yo le decía “papá, si viene alguien y habla de política, tú calladito” (risas)”, recuerda Mari con cariño a sus padres.
A lo largo de todos estos años el negocio de las flores ha ido evolucionando, “cuando empezamos solamente había claveles, gladiolos, margaritas y verde, pero ahora hay una cantidad de flor que es espectacular. Ahora, también te digo que en este pueblo tú no puedes traer por ejemplo una flor exótica, porque no lo ven como flor, no se vende. Al conocer tanto a mis clientes sé lo que quiere cada uno. He hecho ramos de novia sin saber cómo era el vestido, sólo porque conozco mucho a la novia y sé sus gustos”, dice Mari.
Siempre ha sido autodidacta y cuenta la anécdota que al poco de abrir la floristería asesinaron a los marqueses de Urquijo, “se acercó un señor a pedir una corona toda blanca para ellos. No sabíamos ni como se hacían, mi marido que es muy inteligente, dijo de ir a un almacén para que nos lo explicaran. Finalmente hicimos la corona y la llevamos al chalet de la Blanca Paloma donde vivían los Urquijo. Salieron dos señores, les di la corona y me preguntaron que cuánto costaba. Les dije que era un regalo de una persona que la había encargado, aún así me lo volvieron a preguntar y les dije que 25.000 pesetas. Pues me pidieron cuatro iguales. Imagínate en esa época cobrar un total de 125.009 pesetas, era un dineral”.

Hace dos meses que Mari, por petición de sus clientas mayores, ha puesto colonias fresquitas en venta en su tienda, “han cerrado varias perfumerías en el pueblo y me han pedido, ahora que se acercan las navidades, estuches de colonias para regalar a sus hijas y nueras, así que lo he puesto por ellas, pero lo mío son las flores” dice Mari.
Cabe destacar que uno de sus trabajos más especiales y el día que más orgullosa se sintió fue cuando ella sola vistió de flores a su Virgen de las Angustias, la primera vez que procesionó con el Cristo de los Gitanos de Madrid, al que también ha adornado con claveles en alguna ocasión, “eso fue un orgullo para mí, me lo llevaré siempre en el corazón, al igual que me emociono cuando visto a mi Virgen querida, Ntra. Sra. de la Consolación de Pozuelo, lo hago con mis hermanas, para mí es un momento muy especial hacerlo con ellas”, cuenta Mari emocionada.
En la Floristería Los Claveles, Mari sigue disfrutando de su trabajo, de sus clientes, es una trabajadora nata que lo da todo, no sólo flores, regalos o perfumes, sino que da su cariño, su corazón y su humanidad, a cada cliente que entra por la puerta haciéndole sentir especial. Poder ayudar a alguien, le da la vida y esperamos seguir contando con ella y sus flores, muchos años más.
Texto: Kathy Montero Fotos: K.M., cedidas por Los Claveles

