La expresión popular “ir a la quinta planta” para referirse al ingreso psiquiátrico tiene una base real. Durante los años 60 y 70, la arquitectura hospitalaria de España ubicó de forma repetida las Unidades de Psiquiatría en el quinto piso de los nuevos complejos médicos. Se elegía esta altura por estrategia y seguridad: buscaban un espacio aislado del bullicio de urgencias, fácil de controlar y con accesos restringidos. El propio personal sanitario popularizó el término en su jerga diaria, y las familias lo adoptaron como eufemismo para evitar el tabú de la palabra manicomio o psiquiátrico. Hoy en día, la “quinta planta” es solo arqueología lingüística. Los hospitales modernos prohíben el aislamiento vertical en las alturas. Las unidades actuales de salud mental se diseñan en plantas bajas o pabellones específicos con acceso a patios, jardines y luz natural, elementos clave para la recuperación. Además, frente al mito del internamiento perpetuo, hoy son unidades de estancia corta enfocadas en estabilizar crisis puntuales para que el paciente regrese lo antes posible a su entorno social.