125 años de fe, vecindad y generosidad en Pozuelo Estación
Hay edificios que forman parte del paisaje de una ciudad y otros que terminan formando parte de la vida de quienes la habitan. La Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de Pozuelo Estación pertenece a esta segunda categoría. Desde hace 125 años acompaña el crecimiento de un barrio nacido al calor del ferrocarril, ha sido testigo de bautizos, bodas y despedidas, ha sobrevivido a una guerra, ha renacido de sus cenizas y continúa siendo uno de los grandes referentes espirituales y humanos de Pozuelo de Alarcón. Celebrar este aniversario es también recordar a quienes hicieron posible aquel sueño que comenzó en el verano de 1899. Entre todos ellos sobresale una figura que merece ocupar un lugar destacado en la memoria colectiva: el doctor Rafael Ulecia y Cardona, médico, creyente y vecino comprometido, cuya generosidad resultó decisiva para levantar la primera capilla dedicada a la Virgen del Carmen.
Un barrio que pedía una iglesia.- A finales del siglo XIX la llamada Colonia de la Estación experimentaba un notable crecimiento. La llegada del ferrocarril había transformado aquella zona de Pozuelo, atrayendo nuevos residentes y convirtiéndola en un núcleo con identidad propia. Sin embargo, sus habitantes carecían de un templo cercano donde celebrar los oficios religiosos y desarrollar la vida parroquial.
Fue el 25 de julio de 1899 cuando varios vecinos —entre ellos Eusebio Cuesta y Santiago, Antonio Puebla Etringana y Tomás Ramos de Pablo— convocaron una reunión para plantear la construcción de una capilla que respondiera a las necesidades espirituales del nuevo barrio.
La propuesta encontró un respaldo inmediato. Apenas dos meses después, el 25 de septiembre, una nueva junta dio un impulso definitivo al proyecto. Fue entonces cuando apareció la figura del doctor Rafael Ulecia y Cardona.
Rafael Ulecia no se limitó a mostrar simpatía por la iniciativa. En una carta dirigida a la junta promotora manifestó su disposición a colaborar en la construcción del templo y realizó una promesa cargada de simbolismo: si la nueva capilla se consagraba a la Virgen del Carmen, él regalaría la imagen de la patrona.
Aquella decisión marcó para siempre la identidad del templo.

La tradición popular de Pozuelo ha conservado, además, el recuerdo del doctor Ulecia como el gran benefactor que hizo posible la construcción de la iglesia mediante la cesión del terreno. Más allá del alcance jurídico concreto de aquella operación, nadie discute que su implicación fue determinante para sacar adelante un proyecto que, sin el compromiso de personas como él, difícilmente habría prosperado.
No era un gesto aislado. Rafael Ulecia pertenecía a esa generación de profesionales liberales que entendían la prosperidad como una responsabilidad social. Médico de prestigio y hombre profundamente comprometido con las necesidades de su tiempo, supo poner sus recursos al servicio de la comunidad. Su nombre quedó así unido para siempre al nacimiento de la parroquia.
Si algo emociona al revisar los documentos de la época es comprobar que aquella iglesia fue literalmente construida por un pueblo y elevada a la categoría de parroquia en 1935.
Los vecinos comenzaron a recaudar fondos mediante suscripciones populares. Incluso antes de constituirse formalmente la primera junta ya se habían obtenido 500 pesetas gracias a una kermesse organizada en la calle Concepción. Posteriormente, varios propietarios realizaron importantes aportaciones económicas, reflejo del entusiasmo que despertaba el proyecto.

La primera junta directiva quedó constituida el 1 de octubre de 1899, con representantes de la vida civil y religiosa del municipio. Poco después se acordó adquirir el solar donde habría de levantarse la capilla. El propietario, Plácido Hernández, aceptó venderlo por 1.000 pesetas, muy por debajo de su valor real, precisamente por el destino religioso que iba a tener.
Fue una cadena de generosidades. Cada vecino aportó lo que pudo: dinero, materiales, trabajo o influencia. Todos entendieron que estaban construyendo algo mucho mayor que un edificio.
El 1 de abril de 1900 tuvo lugar uno de esos momentos fundacionales que permanecen en la memoria de una comunidad.
Durante la colocación de la primera piedra se enterró, siguiendo la costumbre de la época, una pequeña caja de hierro que contenía ejemplares de los periódicos del día y monedas de todas las denominaciones en circulación. Era un mensaje dirigido al futuro, un testimonio para quienes algún día quisieran conocer los orígenes de aquella iglesia.
Poco más de un año después, el 16 de julio de 1901, festividad de la Virgen del Carmen, la capilla abrió finalmente sus puertas.
Las obras habían supuesto una inversión de 25.406 pesetas y fueron dirigidas por el arquitecto señor Bémas. El altar mayor estaba presidido inicialmente por una imagen de San José, mientras que la esperada imagen de la Virgen del Carmen, donada por Rafael Ulecia tal como había prometido, ocupó el lugar que desde entonces ha dado nombre al templo. Durante la Guerra Civil, la imagen desapareció y los descendientes de Rafael Ulecia donaron otra imagen de la Virgen. La actual, es de los años 50/60.
La historia de la parroquia nunca fue estática. Muy pronto comenzaron las mejoras.
Varias familias donaron el armonio y diferentes objetos litúrgicos. Juan González cedió nuevos terrenos para ampliar el entorno de la capilla, con la condición de que la plaza recibiera el nombre de San Juan. Incluso hubo que organizar otra suscripción para elevar la torre del campanario, ya que la campana apenas podía escucharse desde algunos puntos de la colonia.
Cada ampliación reflejaba el mismo fenómeno: el crecimiento del barrio y el cariño que sus vecinos sentían hacia su iglesia.
Como tantos templos españoles, la capilla original no pudo escapar a la tragedia de la Guerra Civil. El edificio fue destruido durante el conflicto de 1936. Aquella pérdida supuso un duro golpe para toda la comunidad. Sin embargo, la historia de Nuestra Señora del Carmen no terminó entre aquellas ruinas. Tras la contienda se levantó una nueva iglesia que, mediante sucesivas ampliaciones y reformas, dio origen al templo actual.
En cierto modo, esa reconstrucción simboliza también la capacidad de los vecinos para rehacer su vida y mantener vivo el espíritu que había impulsado la fundación de la parroquia décadas antes.
Mucho más que un edificio.- En estos 125 años miles de personas han cruzado sus puertas. Generaciones enteras de familias de Pozuelo han encontrado aquí un lugar para celebrar los momentos más importantes de su vida. Pero una parroquia nunca se mide únicamente por la belleza de su arquitectura. Su verdadero patrimonio está formado por las personas: los sacerdotes que la han servido, los catequistas, los voluntarios, las hermandades, los coros, los grupos juveniles y tantos vecinos que, de manera silenciosa, han contribuido a convertirla en una auténtica comunidad.
Ese espíritu de servicio conecta directamente con el ejemplo de todos aquellos vecinos impulsores de la construcción de esta iglesia hace más de un siglo.
Cumplir 125 años no significa únicamente mirar al pasado con nostalgia. Significa reconocer que la historia de la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen es también la historia de Pozuelo Estación y de quienes hicieron posible su crecimiento.
La generosidad de tantos vecinos anónimos de aquella época, demuestra que las grandes obras colectivas nacen siempre del compromiso personal. Unos aportaron recursos, otros trabajo, otros ilusión pero todos dejaron una huella que todavía hoy puede percibirse entre los muros de la parroquia.
Quizá esa sea la mejor enseñanza de este aniversario. Los edificios envejecen, cambian y se reconstruyen. Lo que permanece es el espíritu con el que fueron levantados.
Ciento veinticinco años después, la iglesia de Nuestra Señora del Carmen continúa siendo mucho más que un templo. Es un símbolo de identidad para Pozuelo Estación, un lugar de encuentro para generaciones de vecinos y un recordatorio permanente de que la fe, la solidaridad y la generosidad tienen la capacidad de transformar una comunidad. Y cada vez que las campanas vuelven a sonar sobre el barrio, parece resonar también el eco de aquellos hombres y mujeres de 1899 que soñaron con levantar una iglesia para todos.
Texto: Kathy Montero Fotos: Cedidas por la parroquia

