
Iván Carabaño Aguado / Profesor asociado de Pediatría. Universidad
Complutense de Madrid
Yo, como tantos y tantos no iniciados en la materia, escuché por primera vez hablar del cambio climático al político estadounidense Al Gore. ¿Se acuerdan, verdad? Sus discursos relacionados con el tema fueron acogidos con un cierto escepticismo por parte de muchos. A mí, y con esto no quiero hacer una broma fácil, me dejaban por aquel entonces un tanto frío. Más equivocada no podía tener yo la brújula, pues miren ustedes la que nos ha caído. La AEMET, sin ir más lejos, acaba de publicar que el verano de 2022 ha sido el más cálido en Europa desde que existen registros. Y existen desde hace más de 140 años. Lo que unos y otros nos venían advirtiendo como una realidad futura muy probable nos ha estallado, de golpe, en la cara.
No quiero cansarles, ni entrar en un debate para el cual no estoy debidamente cualificado. No sé si esto que estamos experimentando es una de las oscilaciones térmicas esperables en un planeta de las características del nuestro; tampoco sé si el atrapamiento de calor en las capas más bajas de la atmósfera es debido principalmente a las emisiones de uno u otro gas (CO2, metano, óxido nitroso), al sumatorio de ambos, o a algún misterio que se me escapa. Lo que sí sé, hasta el punto de robarme el sueño, es que las consecuencias sobre la salud de este calentamiento global son importantes y me preocupan. De tal manera que considero un imperativo moral describirles el alcance potencial de estas.
En primer lugar, quiero contarles que se ha acelerado el aumento del nivel del mar. Si se consolida la tendencia, este hecho derivará en la desaparición de algunas islas habitadas, con el posterior flujo migratorio de personas. Este hecho, unido a los fenómenos meteorológicos extremos, también emparentados con el cambio climático (como las devastadoras inundaciones de Afganistán), generarán variaciones demográficas súbitas. Las cuales, a su vez, en una aldea global como la nuestra, van a tensionar los sistemas sanitarios de las zonas limítrofes y de las no tan cercanas.
Cuando un sistema sanitario no está lo suficientemente capacitado como para absorber este tipo de incidencias, ahí ya tenemos un serio problema. Y una asignatura pendiente: fomentar una cultura de solidaridad institucional. Por cierto: no solo migran las personas, sino también los vectores transmisores de enfermedades infecciosas.
Y qué decir de la sequía. Supongo que más de uno y más de dos talentos del marco I+D+I estarán pensando cómo fabricar agua. De manera, quizá más terrenal y cercana, entiendo que las plantas desalinizadoras de agua de mar van a tener que ocupar un papel más preponderante que el actual. En cualquier caso, asusta saber que en los últimos 50 años, con una climatología más benévola que la actual, se estima que han muerto por falta de acceso al agua más de 600.000 personas.
Hablar de sequía implica también hablar, en nuestras latitudes, de menor oferta de algunos productos agroalimentarios, con el consiguiente encarecimiento de los mismos. En otros lugares menos afortunados, la sequía extrema genera inseguridad alimentaria y una dramática reducción de la esperanza de vida. Este año 2022 se estima que más de 2.000 millones de personas en el mundo están padeciendo esta situación de estrés hídrico.
Como ven, esto no se trata sólo de golpes de calor, riesgo de deshidratación en niños pequeños, personas mayores y enfermos crónicos; no se trata sólo de insomnio y de empeoramiento de cuadros de ansiedad. Las consecuencias sanitarias son mucho más amplias y complejas. Seamos conscientes y pongámonos manos a la obra. Ya.

