La invención del bolígrafo tiene un curioso origen. Alrededor de 1938, un periodista húngaro, László József Bíró, cansado de los problemas que entrañaba escribir a pluma, comenzó a pensar en alternativas o mejoras para este milenario instrumento de escritura.

Uno de los primeros experimentos que llevó a cabo para solucionar el atascamiento continuo de la pluma fue el desarrollo de un nuevo tipo de tinta (gracias a la ayuda de su hermano György Bíró, que era químico de profesión). Desafortunadamente, aunque la nueva tinción parecía más adecuada para escribir sobre papel, funcionaba aún peor que la original en la pluma.

Lejos de desistir, László siguió cavilando en una solución y unos días después, mientras observaba a unos niños jugando con canicas sobre un suelo con charcos, se percató que las bolas, al atravesar y sobrepasar un charco de agua, dibujaban tras de sí una línea húmeda sobre la superficie seca de la calle y con esa imagen le llegó la idea.

Tan pronto como pudo comenzó a desarrollar el nuevo artefacto de escritura con una pequeña esfera en la punta que dosificaba la tinta y ese mismo año patentó el invento (1938). En 1940 los hermanos, nacionalizados argentinos, crearon la compañía Biro-Meyne-Biro e.

Con el tiempo fueron perfeccionando el invento, que salió al mercado con el nombre de “birome” (acrónimo de Biro y Meyre). En 1943, Biro-Meyre-Biro vendieron la licencia de su boli o “esferográfica” -como se llamaba también entonces- por dos millones de dólares a la empresa estadounidense Eversharp, que después fue adquirida por Parker Pen.

Ocho años después, también vendieron el birome a la francesa Marcel Bich, que se hizo archifamosa con el lanzamiento del bolígrafo de bajo coste Bic.